EL OTRO TRASLADO DE FARAONES

EL OTRO TRASLADO DE FARAONES

El pasado sábado 3 de Abril El Cairo vivió una jornada excepcional, convirtiendo en un gran espectáculo el traslado de las momias de faraones y reinas de Egipto desde el museo de la plaza Tahrir a su nuevo emplazamiento, el Museo Nacional de la Civilización Egipcia. Un desfile con algunos de los personajes más importantes del Antiguo Egipto, transportados cada uno en un vehículo con el adecuado control de temperatura. Un desfile que probablemente no volverá a suceder, si bien no es la primera vez que hay un traslado de momias reales en Egipto.

La otra vez fue en 1881. El Servicio de Antigüedades Egipcio, cuyo director en ese momento era Gaston Maspero, hacía tiempo que había detectado nuevos objetos en el mercado negro de antigüedades. Parecía como si alguien hubiera descubierto un importante yacimiento y, en vez de comunicarlo a las autoridades, estuviera sacando provecho vendiendo unas piezas de forma ilegal. Para intentar encontrar el origen de esos objetos, Maspero decidió introducir a alguien en el mercado de antigüedades de Luxor, alguien que no levantara sospechas y que tampoco fuera conocido por los lugareños; el elegido fue Charles Wilbur, antiguo alumno de Maspero.

Wilbur realizó su cometido a la perfección, comprando pequeñas piezas y mostrando sus amplios conocimientos de la forma más casual, hasta que un día uno de los comerciantes a los que solía acudir con frecuencia le presentó a Ahmed Abd el-Rassul, quien le ofreció piezas pertenecientes a las dinastías XVIII y XIX. Estaban sobre la pista correcta.

Maspero descubrió que la familia Abd el-Rassul era ya una vieja conocida en el mercado ilegal de antigüedades egipcias. Sin embargo, aun tras detener a Ahmed y a alguno de sus parientes, y someterlos a unos presumiblemente duros interrogatorios, no consiguieron que hablaran. A pesar de contar con el favor de Mustafa Aga Ayat, un rico comerciante de origen turco que vivía en la zona, y que se encargó de comprar falsos testimonios que exculparan a los Abd el-Rassul, el cerco se iba cerrando en torno a la familia; finalmente, otro de los hermanos, Mohamed, temiendo acabar como cabeza de turco, decidió confesar el emplazamiento de una tumba absolutamente increíble.

En pleno farallón rocoso de Deir el-Bahari, a la izquierda del templo de Hatshepsut, encontraron un agujero totalmente disimulado por el relieve del terreno. Descendiendo unos 13 metros por esa abertura, y tras recorrer un pasillo de unos 8 metros de longitud, aparecieron ante los asombrados ojos de quienes entraron decenas de sarcófagos y objetos de carácter funerario. La sorpresa aún fue mayor cuando empezaron a leer los nombres que aparecían en dichos sarcófagos: Sequenenre Taa, Ahmose, Ahmose Nefertari,  Amenhotep I, Tutmés I, Tutmés II, Tutmés III, Ramsés I, Seti I, Ramsés II, Ramsés III… no podía ser cierto. ¿Qué hacían todos esos grandes reyes juntos compartiendo una única tumba?

Luego se supo. En plena dinastía XXI, ante el riesgo de saqueo de las tumbas reales, los sacerdotes de Amón decidieron trasladar los regios cadáveres a un emplazamiento más seguro; realmente, con ello consiguieron que no fueran profanados por los ladrones de tumbas, que solían destrozar las momias en su búsqueda de joyas y amuletos realizados con piedras preciosas.

Todavía no se entiende cómo es que el escondrijo de Deir el-Bahari, como se conoce la tumba (que se conoce más por su traducción en francés, la cachette de Deir el-Bahari), fue vaciado en 48 horas, sin tiempo material para realizar un adecuado estudio de la concreta posición de cada sarcófago y objeto en él encontrados, cosa que nos hubiera dado una valiosísima información perdida para siempre. Es cierto que hubo amenazas de grupos de beduinos (quienes acusaban a los extranjeros de llevarse sus tesoros), pero quizás una posible intervención del ejército podría haber alargado el vaciado unos días más. El caso es que los cuerpos – y todo lo demás – fueron trasladados urgentemente a El Cairo, para ser convenientemente estudiados.

El descubrimiento fue sorprendente hasta su momento final. Porque cuando los cuerpos eran trasladados por el Nilo hasta su destino, a todo lo largo del río los hombres disparaban sus fusiles y las mujeres lloraban y se mesaban los cabellos, como las antiguas plañideras. Un sentido y espontáneo homenaje del pueblo egipcio hacia sus ancestros.

Marta Villanueva

Co-fundadora de Antiquitas, Cultura y Humanidades

 

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