Íñigo de Loyola, ejercicios espirituales
50969
post-template-default,single,single-post,postid-50969,single-format-standard,theme-cabin,cabin-core-1.0.2,woocommerce-no-js,select-child-theme-ver-1.0.0,select-theme-ver-3.2,ajax_fade,page_not_loaded,,smooth_scroll,pc_unlogged,wpb-js-composer js-comp-ver-6.0.5,vc_responsive

Íñigo de Loyola, ejercicios espirituales

Íñigo de Loyola, ejercicios espirituales

Año tras año algunas efemérides resuenan desde su instauración. Dan cuenta del valor principal de una de las facultades sobresalientes de la humanidad: la memoria. Es el caso de muchas conmemoraciones de carácter religioso o de acontecimientos políticos, científicos, sociales y más. Entre estos memoriales hay uno que destaca cada 31 de julio; señala el día que San Ignacio de Loyola falleció en 1556. Estaba en Roma en su celda de la sede jesuita y tenía sesenta y cuatro años. Lo recordamos como una figura principal de la cultura universal por su legado ejemplar.

Íñigo nació en octubre de 1491 en Azpeitia, Guipúzcoa, en el seno de uno de los linajes más antiguos e ilustres de Europa, la Casa de Loyola. Fue el último de trece hermanos. A los dieciséis años por decisión paterna -su madre había muerto ese mismo año- marchó a vivir a Arévalo con la familia de Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de Castilla, con quien hacía frecuentes viajes a Valladolid. Podemos imaginar su familiaridad con la vida de la corte y su esmerada formación en el ámbito militar.

Soldado de la tropa oñacina del ejército castellano ya que la Casa de Loyola era aliada del linaje de Oñaz, fiel a la Corona de Castilla, cayó herido en la defensa de Pamplona en 1521, durante la batalla de la corona franco-navarra para recuperar el territorio que Castilla le había conquistado en 1512. Se sabe que fue reconocida su valentía en el sitio de Pamplona incluso por las tropas francesas enemigas de Enrique II de Navarra.

Volvió a la casa paterna a recuperarse de las heridas; proceso dolorosísimo que supuso además un par de intervenciones quirúrgicas. Durante la convalecencia empezó a perfilarse la otra vertiente que haría de Íñigo el personaje destacado que hoy reconocemos. La lectura, entre otras, de La vida de Cristo de Ludolphus Saxonia y la vida de los santos de Jacopo della Voragine, lo transformaron. Ahora sería soldado…pero de Cristo.

Una vez ofrecidas sus armas, espada y daga, a La Moreneta en Montserrat, siguió camino de Manresa descalzo y mal vestido, donde compuso los Ejercicios Espirituales, obra capital que entraña la espiritualidad ignaciana en forma de meditación activa que enlaza con esta antigua tradición. Escribió:

La primera anotación es que por este nombre, ejercicios espirituales, se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental, y de otras espirituales operaciones (…) Porque así como el pasear, caminar y correr son ejercicios corporales (…) todo modo de preparar el ánima para quitar las afecciones desordenadas, buscar y hallar la voluntad divina para la salud del ánima, se llaman ejercicios espirituales.

De allí peregrinó a Jerusalén, a su vuelta estudió en París y vivió cualquier cantidad de serias contrariedades pero también conoció a quienes serían sus cofrades. Ignacio fundó la Compañía de Jesús en el momento preciso ya que ayudó a potenciar el movimiento de Contrarreforma de la Iglesia Católica. En la orden que estableció quedaron recogidas todas las virtudes que lo distinguieron: disciplina, estudio, responsabilidad, orden, amor al trabajo y respeto a la condición de igualdad de los seres humanos. Su herencia es colosal, casi cinco siglos de presencia en uno de los pilares de la sociedad, la educación. Esa es otra efeméride que ya se asoma en el horizonte porque el 15 de agosto se conmemora la fundación de la Compañía de Jesús.

¡Cómo dan de sí las efemérides! ¿Verdad?

A mayor gloria de Dios…Ignacio de Loyola JHS.

Mary Alberú Gómez

Doctora en Historia y Arqueología de la Antigüedad y Edad Media. Universidad Autónoma de Barcelona.

Imagen: San Ignacio de Loyola, Basílica de San Pedro del Vaticano, Ciudad del Vaticano.

2 Comentarios
  • Ana Alberú Gómez

    Mary me encanta tu estilo narrativo, es un privilegio tenerte como hermana querida!.

    6 agosto 2020 at 2:13 am
  • Mary Alberú Gómez

    ¡Oh Ana! Cuando se trata de contar historias que nos interpelan directamente la escritura fluye fácilmente. La huella ignaciana en muchos de nosotros es un ejemplo ¿verdad?

    6 agosto 2020 at 10:46 am

Publicar un comentario